domingo, 12 de febrero de 2012

Reflexiones sobre el acontecer social




¿A quién entrego mi país?

Por: Axel Chávez

“Dicen que el que no sabe es como el que no ve,
y a mi parecer, tienes dificultades visuales”.




Transformar un pensamiento en palabras tiene su grado de dificultad. Nuestro cerebro codifica  ideas que interpretamos porque conocemos parte de la realidad que impera dentro de nosotros. Se sabe lo que se quiere decir, pero en ocasiones no es fácil expresarlo.

El punto de partida es que todo nace en la cabeza, en específico en el órgano vinculado con la fluidez cognoscitiva, por lo tanto podemos decir que nada sale de la boca sin antes haber sido ideado por la mente.

Es por eso que resulta sorprendente que nuestro encéfalo sea un constante sobre productor de estupidez…

Que en un momento impredecible alguien sorprenda con un cuestionamiento en el que no sabemos ni que carajos decir, puede suceder en cualquier instante, además por nuestros antecedentes culturales y también por convicción, en México no podemos decir que hemos sido privilegiados con la sabiduría.

Nadie puede tener todas las preguntas, ni mucho menos todas las respuestas, y en ésto sería injusto poner como principados a los aspirantes a cargos políticos, a quienes menos les afloran las ideas y Dios no ha puesto su mano sobre su presencia.

¿Por qué ellos habrán de conocer sobre todos los posibles escenarios de cualquier índole?, son políticos, y ese oficio, profesión o lambisconería –como algunos califican- no se hace en las casas  de estudios y en los círculos de intelectuales; se hace en la “grilla”, en el arte de salivar y lamer algunos pies (dicen) y en casos extraordinario en la formación humanitaria y capacidad de resolver problemáticas sociales; extraordinarios, muy extraordinarios, por lo que no vale la pena hacerse muchas esperanzas.




Pero lo que sí se podría exigir a cualquiera que pretenda gobernarnos en los cargos que confiere la elección popular, es parecer al menos un poco menos estúpidos que nosotros, dar la finta no sólo de agraciado sino también de individuos con posibilidades de al menos hacer la lucha por combatir  nuestra miseria.

 ¿Pues qué argumentos son obsequiar el voto a un hombre por ser guapo, a una mujer por ser mujer y un pseudo izquierdista, solamente por estar completamente enamorado de nosotros?

La belleza es subjetiva y pasajera, las mujeres, no siempre por el simple hecho de serlo pueden administrar una casa, menos un país, y el amor se vincula con la irracionalidad y hace que todo el que lo padece tenga descontrol de sus actos y emociones.

Entonces diremos que ¡No!. Lo más jodido de ésto, es que muchos empiezan a adoptar estas respuestas como una bandera para justificar el sufragio que emitirán en los comicios del primero de julio.

A la mayoría de los votantes no le tocará ningún hueso, entonces ¿por qué conformarse con esos míseros intentos de razonamientos?, a votar por quien le plazca pero al menos exija planes de trabajo coherentes y factibles, que como mínimo nos hagan creer que esta vez no será lo mismo que todas las anteriores.




Quien resulte victorioso, al menos ganará en 30 días más de lo que cualquier mexicano promedio en toda su vida, y ¿sólo por ser hermoso, por ser fémina o por estar enamorado?


No sé ustedes, pero al menos a mí me hacen falta más justificaciones para enriquecer a cualquiera de estos tres aspirantes. Y por cierto, si ellos siguen actuando y hablando como inútiles, es en parte porque nosotros se los hemos permitido.   


Usted puede enviar todos sus insultos a la siguiente cuenta de twitter: @axelchl
  

lunes, 6 de febrero de 2012

Introspección (Conversaciones con Axel Chávez)


"Mis pensamientos son comúnmente errantes" 


Entrevista



Fotografía: Cristopher Rogel Blanquet


A mediados de 1920, un grupo de feligreses católicos, liderados por sacerdotes, sostuvieron un enfrentamiento armado con el Ejército Mexicano; esa época, conocida como la Guerra Cristera, fue la elegida para situar una serie de escenarios ficticios que dieran sustento a la obra los Santos Inocentes.   

En un ejercicio de sátira y razonamiento, el escritor hidalguense Axel Chávez crea un postulado sobre la forma de vida de los sectores más vulnerables del país. Dotada del peculiar lenguaje poético del autor, este libro presenta cuatro relatos íntimamente vinculados entre sí, cuyo talento radica en el juego mental que provoca en el lector y en el ritmo que lleva a un misterioso desenlace.

“Los Infortunios de la Fe”, es quizás el cuento más obscuro de este ejemplar. “Los Santos Inocentes”, “Un Pueblo bajo Protesta” y “El Corazón del Hombre”, completan la obra, que es la primera publicación del también profesor de lenguajes artísticos, quien dio a conocer más detalles sobre su trabajo.   

La pregunta obligada, ¿qué son los Santos Inocentes?

R: Es la visión particular del autor de posibles escenarios que pudieron desarrollarse en una de las épocas de mayor tragedia para la cultura mexicana, que fue la Guerra Cristera.
A partir de ese contexto, se retoman características que prevalecían en aquellos tiempos, como la pobreza, el desconocimiento de las razones del mundo, la sequía, la ambición de las cúpulas de poder que dominaban el país, e incluso, uno de los temas que poco se utilizan en las historias, que es la desgracia de nacer siendo mujer. Uno de los peores maleficios de la naturaleza para con el ser humano.

¿Ves a la mujer como un maleficio?

R: Históricamente las mujeres no han sido privilegiadas, su empoderamiento ha sido reducido, y ésto se debe al afán del hombre por sentir superioridad. Cada uno cumple con una función específica en la vida. Juntos son un complemento. Que la mujer pueda parir y que el hombre físicamente este dotado de más fuerza, no debe ser la razón que imposibilite el desarrollo de ambos en todos los aspectos. La obra está compuesta de reflexiones como ésta.     

En tus personajes hay una característica: todos tienes innumerables defectos que siempre los llevan a padecer graves consecuencias.

R: Aunque las historias son completamente ficticias, busqué delinear individuos lo más parecido a nosotros, eso incluía nuestra deficiente condición, tanto espiritual como cognoscitiva. A mi punto de vista en una tragedia múltiples factores se conjugan, incluso fallos de quien la padece. 

Esto lo habrás escuchado anteriormente, pero dime ¿El nombre Miguel Delibes tiene algún significado para ti?

R: Sí. Fue un gran escritor, ganador de uno de los premios más importantes que es el Cervantes. En su país, amado y reconocido.

Muchos tratan de buscar un vínculo, que no existe salvo en el título del libro.

Por el simple hecho de la diferencia de contextos sociales y culturales, los campos interactivos que conforman nuestra realidad son completamente distintos.

Es un nombre, que también utiliza una banda de rock argentina y una que acompaña a un músico español; además de la referencia inicial por la muerte de los menores que nacieron en la época de Cristo. Si buscas en internet te dará miles de respuestas.

¿Qué tan inocentes son tus santos a comparación de los de Delibes?

R: Si te refieres al nivel de los argumentos, es injusto juzgar a una obra que recién surge contra una que ha sido mundialmente conocida y galardonada, sólo por un nombre. Como dije son contextos distintos. Además debo decir que en mi caso el título surgió antes que las tramas, y fue a raíz de un artículo de una revista católica que consideraba santos a quienes lucharon en la cristiada, además de inocentes de todas las muertes que también habían causado, puesto que Cristo les había conferido esa encomienda. Años después la Iglesia cambio de parecer y los definió como demonios. Después volvieron a ser santos y ya no supe como habrá terminado ese enredo.

Mi creación no ha sido galardona por la crítica entendida, ni tampoco por la no entendida, por lo tanto mis “santos no son tan inocentes” como los de Delibes.

Hablando de crítica, has recibido comentarios favorables, pero también fuertes sobre este libro. ¿Cómo te sienta ésto?

R: La crítica es más inteligente que la adulación, al igual más sincera. Aunque creo que muchos prejuicios mal intencionados se disfrazan de “críticas” y no se emiten con la intención de mejorar la producción artística de un autor. Aprecio a quienes realmente pueden dar un comentario en base a sus conocimientos no sólo lingüísticos o literarios, sino de cualquier ámbito. También a los buenos lectores, ellos son quienes guardan en la mente las historias que logran sensibilizar su razón.

Yo soy el primero en saber los defectos que tiene mi obra; la he creado, y es a la semejanza de mis pensamientos, que son comúnmente errantes.

Hablando de lectores, ¿tú eres un buen lector?

R: No como debiese, la lectura te provee de conocimiento y yo me considero uno de los más grandes desconocedores de la realidad.

¿Pero sí podrías enumerar tres libros que hayan marcado tu vida?

R: Ningún libro ha llegado a marcar mi vida, admiro a muchos autores que han compartido sus conocimientos a través de un ejemplar. Soy un amalgama de distintas corrientes, y a pesar de que tengo en alta estima algunas obras de poesía, narrativa, ensayo y filosofía, ninguna a cambiado mi accionar o a partir de su lectura a logrado algo extraño en mí.

La Biblia si lo ha hecho, pero por su divinidad la diferencio de las demás, además a nadie le gusta que con esta pregunta, des esta respuesta, aún así, lo digo siempre.


Fotografía: Cristopher Rogel Blanquet


Ahora que mencionas la Biblia  el vínculo es inevitable. Una constante en este libro es la Fe, en ocasiones llega a convertirse en la principal antagonista. ¿A qué se debe ese argumento?; ¿qué es en realidad la Fe?

R: La Fe es inherente a cada uno de nosotros, la predicamos, mejor dicho la depositamos en diversas creencias; la creencia de nuestra superioridad como seres o la de un Todopoderoso que tiene conocimiento y control de nuestras acciones, que jamás serán en vano. Entre otras cosas.

La Fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de las cosas que no se ven.

Parece una respuesta mecanizada...

R: Lo es… pero no encontrarás una definición que englobe en un enunciado tanta certeza. Nadie mejor para hablar de la Fe que quienes han vivido por ella, uno de ellos fue Saulo de Tarso, a quien se deben estas palabras.

¿Es un infortunio la Fe?

R: En ocasiones sí, cuando sus cimientos están mal encauzados. En México por ejemplo, se hereda de manera generacional sin cuestionar su razón, eso hace que aún los creyentes tengan desconocimiento de su devoción. Y ésto no sólo en los años 20´s, también se mantiene vigente.

¿Por eso surgió la maldad?

R: La maldad está en cada uno de nosotros, es nuestra naturaleza humana, somos errantes. La conciencia busca regular nuestros actos, mientras no ha sido presa por el libertinaje. Todos somos maldad, lo dice la escritura, no hay justo ni aún uno.

Y finalmente, hace algún tiempo dijiste que te gustaría escribir una historia como las que rondan en tu cabeza. ¿Lograste ese cometido con los Santos Inocentes?

R: Esa afirmación, más que en referencia a los argumentos que deben dar sustento a una historia, tenía la intención de hacer ver la dificultad que tiene cualquier creador para transcribir una idea, ésta surge como una imagen mental en el cerebro; para situarla en el papel de manera innata a como era en el pensamiento, y que transmita exactamente lo el autor sintió en primera instancia, es sumamente complejo.

Creo que hay escenas en los Santos Inocentes en las que se da a conocer el panorama con mucha claridad, aunque también hay momentos donde la lectura no es fácil. En general el libro está lleno de críticas y sátiras que obligan al lector a involucrarse más con el texto que en otros cuentos convencionales.  Y sobre eso, no sé si sea una virtud o un defecto.    


viernes, 3 de febrero de 2012

La noche de los feos (Mario Benedetti)


La Noche de los Feos





1
Ambos somos feos. Ni siquiera vulgarmente feos. Ella tiene un pómulo hundido. Desde los ocho años, cuando le hicieron la operación. Mi asquerosa marca junto a la boca viene de una quemadura feroz, ocurrida a comienzos de mi adolescencia.

Tampoco puede decirse que tengamos ojos tiernos, esa suerte de faros de justificación por los que a veces los horribles consiguen arrimarse a la belleza. No, de ningún modo. Tanto los de ella como los míos son ojos de resentimiento, que sólo reflejan la poca o ninguna resignación con que enfrentamos nuestro infortunio. Quizá eso nos haya unido. Tal vez unido no sea la palabra más apropiada. Me refiero al odio implacable que cada uno de nosotros siente por su propio rostro.

Nos conocimos a la entrada del cine, haciendo cola para ver en la pantalla a dos hermosos cualesquiera. Allí fue donde por primera vez nos examinamos sin simpatía pero con oscura solidaridad; allí fue donde registramos, ya desde la primera ojeada, nuestras respectivas soledades. En la cola todos estaban de a dos, pero además eran auténticas parejas: esposos, novios, amantes, abuelitos, vaya uno a saber. Todos -de la mano o del brazo- tenían a alguien. Sólo ella y yo teníamos las manos sueltas y crispadas.

Nos miramos las respectivas fealdades con detenimiento, con insolencia, sin curiosidad. Recorrí la hendidura de su pómulo con la garantía de desparpajo que me otorgaba mi mejilla encogida. Ella no se sonrojó. Me gustó que fuera dura, que devolviera mi inspección con una ojeada minuciosa a la zona lisa, brillante, sin barba, de mi vieja quemadura.

Por fin entramos. Nos sentamos en filas distintas, pero contiguas. Ella no podía mirarme, pero yo, aun en la penumbra, podía distinguir su nuca de pelos rubios, su oreja fresca bien formada. Era la oreja de su lado normal.

Durante una hora y cuarenta minutos admiramos las respectivas bellezas del rudo héroe y la suave heroína. Por lo menos yo he sido siempre capaz de admirar lo lindo. Mi animadversión la reservo para mi rostro y a veces para Dios. También para el rostro de otros feos, de otros espantajos. Quizá debería sentir piedad, pero no puedo. La verdad es que son algo así como espejos. A veces me pregunto qué suerte habría corrido el mito si Narciso hubiera tenido un pómulo hundido, o el ácido le hubiera quemado la mejilla, o le faltara media nariz, o tuviera una costura en la frente.

La esperé a la salida. Caminé unos metros junto a ella, y luego le hablé. Cuando se detuvo y me miró, tuve la impresión de que vacilaba. La invité a que charláramos un rato en un café o una confitería. De pronto aceptó.

La confitería estaba llena, pero en ese momento se desocupó una mesa. A medida que pasábamos entre la gente, quedaban a nuestras espaldas las señas, los gestos de asombro. Mis antenas están particularmente adiestradas para captar esa curiosidad enfermiza, ese inconsciente sadismo de los que tienen un rostro corriente, milagrosamente simétrico. Pero esta vez ni siquiera era necesaria mi adiestrada intuición, ya que mis oídos alcanzaban para registrar murmullos, tosecitas, falsas carrasperas. Un rostro horrible y aislado tiene evidentemente su interés; pero dos fealdades juntas constituyen en sí mismas un espectáculos mayor, poco menos que coordinado; algo que se debe mirar en compañía, junto a uno (o una) de esos bien parecidos con quienes merece compartirse el mundo.

Nos sentamos, pedimos dos helados, y ella tuvo coraje (eso también me gustó) para sacar del bolso su espejito y arreglarse el pelo. Su lindo pelo.

"¿Qué está pensando?", pregunté.

Ella guardó el espejo y sonrió. El pozo de la mejilla cambió de forma.

"Un lugar común", dijo. "Tal para cual".

Hablamos largamente. A la hora y media hubo que pedir dos cafés para justificar la prolongada permanencia. De pronto me di cuenta de que tanto ella como yo estábamos hablando con una franqueza tan hiriente que amenazaba traspasar la sinceridad y convertirse en un casi equivalente de la hipocresía. Decidí tirarme a fondo.

"Usted se siente excluida del mundo, ¿verdad?"

"Sí", dijo, todavía mirándome.

"Usted admira a los hermosos, a los normales. Usted quisiera tener un rostro tan equilibrado como esa muchachita que está a su derecha, a pesar de que usted es inteligente, y ella, a juzgar por su risa, irremisiblemente estúpida."

"Sí."

Por primera vez no pudo sostener mi mirada.

"Yo también quisiera eso. Pero hay una posibilidad, ¿sabe?, de que usted y yo lleguemos a algo."

"¿Algo cómo qué?"

"Como querernos, caramba. O simplemente congeniar. Llámele como quiera, pero hay una posibilidad."

Ella frunció el ceño. No quería concebir esperanzas.

"Prométame no tomarme como un chiflado."
"Prometo."
"La posibilidad es meternos en la noche. En la noche íntegra. En lo oscuro total. ¿Me entiende?"
"No."
"¡Tiene que entenderme! Lo oscuro total. Donde usted no me vea, donde yo no la vea. Su cuerpo es lindo, ¿no lo sabía?"

Se sonrojó, y la hendidura de la mejilla se volvió súbitamente escarlata.

"Vivo solo, en un apartamento, y queda cerca."

Levantó la cabeza y ahora sí me miró preguntándome, averiguando sobre mí, tratando desesperadamente de llegar a un diagnóstico.

"Vamos", dijo.

2
No sólo apagué la luz sino que además corrí la doble cortina. A mi lado ella respiraba. Y no era una respiración afanosa. No quiso que la ayudara a desvestirse.

Yo no veía nada, nada. Pero igual pude darme cuenta de que ahora estaba inmóvil, a la espera. Estiré cautelosamente una mano, hasta hallar su pecho. Mi tacto me transmitió una versión estimulante, poderosa. Así vi su vientre, su sexo. Sus manos también me vieron.

En ese instante comprendí que debía arrancarme (y arrancarla) de aquella mentira que yo mismo había fabricado. O intentado fabricar. Fue como un relámpago. No éramos eso. No éramos eso.

Tuve que recurrir a todas mis reservas de coraje, pero lo hice. Mi mano ascendió lentamente hasta su rostro, encontró el surco de horror, y empezó una lenta, convincente y convencida caricia. En realidad mis dedos (al principio un poco temblorosos, luego progresivamente serenos) pasaron muchas veces sobre sus lágrimas.

Entonces, cuando yo menos lo esperaba, su mano también llegó a mi cara, y pasó y repasó el costurón y el pellejo liso, esa isla sin barba de mi marca siniestra.

Lloramos hasta el alba. Desgraciados, felices. Luego me levanté y descorrí la cortina doble.
FIN