Que la música
tiene la capacidad de influir en el comportamiento del individuo, es verdad.
La conjunción de
sonidos y silencios -adecuados de manera ordenada para respetar los principios
básicos de melodía y ritmo- pueden alterar el pensamiento, o bien despertar
sensaciones en el cuerpo.
Que políticos y
actores sociales busquen regular su control e incluso prohibir ciertas
expresiones, no es cosa nueva. Pues los grandes imperios de todos los tiempos
han aplicado este método. Todo colectivo, algunos con razones fundamentadas,
otros por mera intuición, practican esta primicia. Tan sólo hay que recordar
que años atrás, géneros como el Rock and Roll y el Blues estaban asociados al
paganismo, por lo que mostrar empatía hacia ellos no se daba de manera abierta.
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| Especial |
En el siglo III a.C., en Japón se estableció una oficina
imperial de música (el Jagaku-ryo) para controlar actividades. Incluso la
Biblia tiene sus propios lineamientos para el tipo de adoración y alabanza que
deben practicar sus creyentes.
Algunos
“intelectuales” de nuestra era, han hecho alarde últimamente de la importancia
de prohibir los narcorridos, su
argumento: influyen en el comportamiento de los niños y jóvenes (que como ya
dijimos es una realidad), y además dicen, propician su involucramiento en las
cúpulas delictivas.
La medida es
absurda, pues en el hipotético caso que diera algún resultado, sería podar un
poco la planta y no arrancar la raíz. Y ciertamente, deberían empezar a
erradicar todos los géneros, por que cada uno tiene su parte de mal en nuestro modo
de ser. Nuestra percepción es moldeable, cierto, e influyen un centenar de
factores, no sólo la música, pues esta no llega a nuestro cerebro como imposición
divina.
No todo el mundo
es víctima, lo son las personas de frágiles convicciones, sin argumentos
propios para buscar un estilo de vida, la música es una parte de nuestra esencia
como individuos, no la totalidad. El crimen organizado no terminará con
dejarnos sin canciones, sin simples ritmos; la maldad se desarrolla en cada uno
de nosotros, es inherente, y su presencia es más antaña que una o dos
generaciones, al igual, seguirá por el resto de los días con o sin Los Tigres
del Norte, por poner un ejemplo.
Es cierto que es preocupante la formación de los menores, pero ¿cómo es que tienen acceso a música o programas de
TV que transmite una caja idiota, diría Sartori, que no son aptos para su nivel de
entendimiento?, los padres podrán explicarlo, o excusarlo de la mejor manera.
Pero lo
importante aquí es saber:
Porqué la música puede ejercer un dominio sobre
nosotros
Dentro de la estructura de nuestro cuerpo,
poseemos tres sensores de apreciación musical: El primero se encuentra en los
pies y le denominaremos de las extremidades (aunque es propio mencionar
que éste no es su nombre original, pero lo utilizaremos de manera descriptiva);
el segundo se sitúa en el pecho, muy ligado al corazón y lo llamaremos de
sentir (de antemano sabemos que los sentimientos son provocados por la
mente, sin embargo, la acción de sentir se manifiesta en el pecho); finalmente
está el de la mente, en el cual respetaremos ese nombre y lo
relacionaremos con los pensamientos.
El primer sensor nos ayuda a identificar el
ritmo sencillo, se percibe primeramente por las extremidades, usualmente nos
invade la sensación de mover los pies o manos, marcando siempre los tiempos que
la composición nos indica.
Es el primer nivel de apreciación musical, todos
los individuos lo desarrollan desde muy temprana edad. Los animales también
pueden identificarlo, pues su base es fácil de procesar.
El sensor del sentir puede causarnos
cambios en estado de ánimo (depresión, euforia, entre otros), identificarlo es
más complejo. Los compositores actuales que mejor hacen su trabajo, logran este
tipo de música.
Por último el sensor de la mente: puede desarrollar
el pensamiento y las habilidades intelectuales al tener contacto con la música
especial, composiciones que provocan un nivel netamente alto de ideas por su
estructura, -que conjuga con exactitud los elementos rítmicos, melódicos y
armónicos-.
El hecho de que se utilicen piezas clásicas para
programas de estimulación temprana no fue un capricho de alguien que quisiera
sentirse más culto.
La apreciación musical está netamente ligada al
nivel intelectual del individuo, aquel que se satisface sólo con un ritmo pegajoso,
está limitado en este aspecto. No todos tenemos gran apreciación en esta rama
de la expresión artística, al igual que no todos somos expertos en todos los
temas.
La música es de libre albedrio, cada uno
escuchara conforme a lo que dicten sus deseos o necesidades, con o sin leyes,
ahí estará.
Lo creadores.
Todo creador que se gloríe de serlo, debe tener un compromiso con su
entorno social. El arte toma la realidad de un colectivo y busca mostrarla de
forma que genere conciencia, así como agrado.
¿Los compositores de narcorridos están comprometidos con el modo de vida?
Por supuesto que no, la gran mayoría sólo aprovecha un nicho de mercado y un
punto vulnerable en la sociedad. Hoy en día los niños juegan a ser narcos y lo
visualizan como una aspiración. Ser doctor no les apetece, nuestra niñez y
juventud está en completa decadencia, al igual que nuestro México.
Es tan sencillo tomar una base rítmica que no genere algún esfuerzo para
entenderlo, que satisfaga nuestra carne. Ponerle una letra que repita a cada
momento lo que el otro quiere escuchar. Muchos géneros no aportan nada desde el
punto de vista de calidad. Si todos los que se llaman músicos tuvieran talento
otra cosa sería lo que entrara por nuestros oídos.
Basta escuchar los éxitos de la radio para saber que en ese tema estamos
jodidos.
Y a todo esto, ¿el gobierno realmente está preocupado por nuestro nivel de
apreciación artística?, por su puesto que no, nunca lo ha estado, en las
escuelas de por sí, es una mofa los contenidos y la manera de transmitirlos, el
arte es insignificante (para ellos), absurdo, un simple relleno. Uno que podría
mejorar el entorno. De todas formas, la educación debe ser el tema cambiante,
no la puntada de nuevas imposiciones que pretenden remediar lo
irremediable.