lunes, 9 de abril de 2012

Me apendejo como cualquiera


Entre el insulto y la razón



Me apendejo como católico fue el  Trending Topic (tema de moda) que ocupó los espacios y  conversaciones de los usuarios de la red social Twitter, la tarde del jueves y mañana del viernes pasado.
Un monumento a la estupidez colectiva resumido en cuatro palabras. Me apendejo como católico reunió la visión de la clase intelectual del microblog, la cual hizo gala de pronunciamientos para sustentar su insulto.

Desde quienes denigraban, porque ellos, los católicos, no podían hundirse en los placeres más antiguos y satisfactorios de la carne humana, como la fornicación y la embriaguez, por motivo de las festividades de abril, hasta los que se sentían por encima de ese colectivo religioso sólo por no creer en un ente superior, que dicen, es sinónimo de imbecilidad o escasez cognoscitiva.

Especial

Primeramente debemos partir de la afirmación que todos hemos depositado nuestra devoción en un ente, hay un dios para cada cual. Para muchos es su intelecto, para otros, alguien asociado con la divinidad, pero aquí no hay ateos. La ignorancia nos ha hecho creer que quien no profesa el catolicismo, protestantismo, adventismo, cristianismo, budismo o es parte de algún conglomerado que predica una doctrina teológica, debe llamarse ateo, cosa también absurda.

No me asombra tanto la idiotez humana como la hipocresía. Apenas hace dos semanas un buen número de personas se pronunciaron en contra de la visita de Joseph Ratzinger a territorio mexicano, argumentando violaciones al estadio laico, y son buena parte de ellos los que no pueden respetar la profesión religiosa de cualquier individuo.

Nuestra miseria intelectual nos obliga a buscar culpables de todos nuestros males, y enjuiciar a la menor provocación a la personalidad de moda, cuando no hemos reflexionado que no somos nosotros la solución sino parte del problema.

Somos los mismos que consideramos la peor aberración al Gentleman de las Lomas y las Ladies de Polanco y al mismo tiempo nos afanamos del futbol y no cuestionamos que en algunos estados se destina erario público para enriquecer la estructura deportiva de un club; que tiramos basura en la calle; y con el anonimato que nos provee internet escribimos palabras altisonantes a otro que en ese momento esté en contra de la voz colectiva.

Los hay también quienes tienen aberración por la ignorancia de Enrique Peña Nieto que no pude decir tres libros que hayan marcado su vida, pero ellos no han leído un ensayo, no saben lo que es poesía, narrativa, dramaturgia, y su vida tampoco ha sido influida por la literatura, pues si lo huera sido, otro tipo de individuos serían.

Esa misma sociedad que encara a todas las estructuras sociales con la valentía del insulto, pero no puede hacerlo con la astucia del argumento. Que se dice izquierdista para sentirse intelectual, y no ve más allá de lo que impera en los medios de comunicación, en los monopolios televisivos.
Está claro que hoy en día el insulto sólo sirve para ganar seguidores en las redes sociales. El análisis y la opinión racional se han convertido en bromas de mal gusto.

Nadie se apendeja como católico, creer en algo es convicción personal. Se apendeja el que dice sin razón por andar entre el murmullo popular; el que no sabe sentir, el que no sabe actuar, el que insulta sin motivo, y aún con motivo.

Se puede siempre poner en tela de juicio desde el actuar hasta la creencia de cualquiera, pero nunca de modo peyorativo, a veces la opinión podrá sonar como agresión, y es indicador de que la razón está cerca, pero eso no se logra con un adjetivo mal empleado.

No profeso el catolicismo, difiero. Pero ciertamente he encontrado dentro de sus fieles a personalidades brillantes, también conozco de “ateos” que dan más lástima que yo mismo.

En esta sociedad hipócrita todo mundo puede decir ser alguien, pero pocos han logrado serlo.       

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